Los resultados de las últimas elecciones presidenciales y legislativas parecen ratificar una tendencia que se ha venido consolidando durante la última década: las propuestas políticas de centro encuentran cada vez más dificultades para conectar con un electorado que se inclina hacia posiciones más definidas y polarizadas.
Mientras las corrientes de izquierda y derecha logran movilizar emociones, generar identidades políticas fuertes y consolidar bases electorales estables, los sectores moderados continúan enfrentando obstáculos para traducir sus planteamientos en victorias en las urnas.
La situación resulta particularmente evidente para movimientos como Dignidad & Compromiso, la Alianza Verde, En Marcha, Nuevo Liberalismo, MIRA y Los Imparables, organizaciones que han promovido discursos centrados en la concertación, el diálogo, la lucha contra la corrupción, la educación y el fortalecimiento institucional, pero que no han logrado consolidar una fuerza electoral capaz de disputar el poder en igualdad de condiciones frente a los proyectos más ideologizados.
La historia reciente ofrece varios ejemplos. En 2010, Antanas Mockus despertó una verdadera ola ciudadana basada en la ética pública, la cultura ciudadana y el respeto por las instituciones. Sin embargo, aquel fenómeno no logró traducirse en una victoria presidencial.
Posteriormente, Sergio Fajardo intentó construir una alternativa alejada de los extremos bajo la bandera de la educación, la transparencia y la política sin confrontaciones. Aunque consiguió importantes respaldos en diferentes regiones del país y estuvo cerca de llegar a una segunda vuelta presidencial, nunca logró superar la barrera necesaria para convertirse en una opción mayoritaria.
Algo similar ha ocurrido con figuras como Claudia López y Juan Fernando Cristo, quienes han defendido la necesidad de construir consensos y reducir los niveles de polarización que caracterizan la política colombiana.
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